LA ABUELA CON SUERTE-GABRIEL SANCHEZ-6°A
LA ABUELA CON SUERTE POR GABRIEL SANCHEZ DE 6°A
La anciana tenía un vecino que hacía poco tiempo se había mudado a este lugar, nadie sabía de dónde era. Se comentaba que era de personalidad oscura; porque era un hombre muy callado; no se le conocía familia ni mucho menos amigos. No se relacionaba con nadie y conversaba solo lo necesario con quienes se encontraba; apenas si saludaba... este hombre no era tan viejo, su rostro reflejaba más o menos unos 46 años de edad, y nadie comprendía, el porqué de su forma de ser. Él era alto, delgado, su piel era morena; en esto se identificaba que no era de este lugar. Porque los habitantes del pueblo, se caracterizaban por ser de piel blanca. Su bigote era negro y espeso, un hombre poco sociable.
Cierto día, la anciana empezó a sentirse mal de salud;
—qué le pasa a mi cuerpo, — —se dijo.—
—Yo nunca, en todos los años de mi vida me había sentido así. —
—ME duele mucho mi cabeza, ¿y este dolor en el pecho?, además, me siento muy débil y mareada. —
—Tranquila… Se dijo en voz alta. —Eso con una agüita de hierbas se me pasa,— —seguro hice mucho oficio muy rápido. —
Se sentó en el sillón, tomó la aromática que preparó y se quedó dormida.
Ese día, Jane llegó más tarde de lo acostumbrado de su trabajo, ella trabajaba en las bodegas de clasificación de granos que cultivaban en el pueblo. Esta era la principal fuente de ingreso de los habitantes de este lugar. Su abuelo, había sido de los fundadores de esta empresa, un trabajador muy querido por sus patrones; por ser un hombre muy correcto. Por esta misma razón, le dieron la oportunidad a
la nieta de trabajar allí. Y el sueño de Jane, era prepararse para ascender en este lugar. Por eso, ella le ponía todo el empeño, así llegara tarde a casa.
La joven entró a su casa y le pareció muy extraño ver a la anciana dormida, no acostumbraba hacerlo. Puso la mano en su hombro y la llamó suavemente:
— Ita, qué tienes, —
—despertó y se sorprendió porque ya había anochecido,
— ¿cuánto tiempo había dormido? Se preguntó. —
— Nada querida, ¿hace rato llegaste?,—
—no abuela, me retrasé un poco, acabo de llegar… —¿Y por qué estabas dormida? —
—¿estas enferma?,—
—no querida, para nada, solo es el peso de los años. —
De ese día en adelante, María no volvió a sentirse bien, su semblante desmejoró mucho, y aunque su nieta se dio cuenta, ella siempre lo negaba.
—Para no preocuparla. —decía ella. —
—Mi nieta tiene ya suficientes preocupaciones, para agregarle una más. —
Y negándolo todo transcurrió más de un mes.
Con el paso del tiempo aparecieron nuevo síntoma: Le faltaba el aire, al punto de desmayarse; luego de esto su dolor de cabeza era tan intenso que no conseguía ver; y sus fuerzas la abandonaban, no lograba estar en pie, apenas podía caminar.
— Ahora sí es cierto que voy a hacerte compañía, viejo. — dijo María.
Su esposo había fallecido hacía muy poco tiempo. Y lo que la anciana más temía, era dejar sola a su nieta. Sobre todo, con el nuevo vecino que había llegado al lugar recientemente. Su experiencia por los años, le hacía saber que ella no le agradaba, pero que a su nieta la miraba con otros ojos. Él era antipático con todo el mundo, pero con la joven era muy amable, nadie sabía por qué era así.
Un día, Jane regresó a casa antes de la hora acostumbrada, pidió permiso en su trabajo porque ya se había dado cuenta que su abuela no estaba bien. Y encontró a su abuela tirada en el piso de su casa, se había desmayado y al caer se golpeó la cabeza y se abrió una herida. Angustiada gritó…
— ¡Ita, Ita, Ita... Despierta ¡y la sacudía con fuerza; aturdida y algo desorientada por los gritos de su nieta, por la sangre en su rostro y por el fuerte dolor de cabeza con el que quedaba después de sus desmayos preguntó:
— ¿qué pasa querida?,—
— eso te pregunto Ita— —llevas muchos días rara y no me quieres decir que estas enferma. —
Al escuchar los gritos de la joven, los vecinos corrieron a socorrerla, y hasta el recién llegado salió a la puerta para ver qué pasaba. Pero no ayudó.
—Te llevaré al médico, — dijo la joven.
Y entre todos, llevaron a la anciana al centro médico del pueblo. En este lugar atendieron la herida de su cabeza y le contaron al médico todos lo que le estaba pasando a la anciana con su salud.
—Tu presión está alta, — dijo el médico, —¿estas tomando tu medicamento? —
—No doctor, yo no tomo medicamentos para mi presión. —
— Pediré un transporte que te lleve a la ciudad porque no me gustan tus síntomas ni tu semblante. —
—Y aquí no tengo forma de realizarte exámenes. —
—¿Mi abuela está muy grave?,— sollozó la joven,
—debe realizarse los exámenes; para saber qué tan grave es. —
Así que María y su joven nieta tuvieron que ir a la ciudad. Jane sacó una parte de sus ahorros para pagar el viaje y los exámenes, sus vecinos aportaron el resto.
Al llegar al hospital en la ciudad, le realizaron los exámenes, y esperaron para que les entregaran los resultados, también debía verla un médico para que los leyera y le dijera que tenía.
Una semana después por fin le leerían los resultados de sus exámenes. Y es que coincidió que el médico que las atendería era muy reconocido por su experiencia en su profesión. Él iba al pueblo de las dos mujeres una vez por mes a hacer campañas de salud. Al verlas el doctor las reconoció, y ellas a él.
—Doctor me tranquilizó al verlo— dijo María.
—Dígame qué es lo que ha sentido. — María contó todo al doctor, y viendo los resultados de los exámenes, supo enseguida de qué se trataba.
Les dijo: —la cosa es delicada, pero no se preocupen tiene tratamiento.
— El doctor siguió diciendo: —Esta es una enfermedad rara, ya descubierta, pero sin nombre aún. —
Y siguió; —porque es una enfermedad huérfana…esto quiere decir que no se explica de dónde salió. —
Las mujeres estaban muy preocupadas y casi llorando. porque esta enfermedad es mortal y ataca los pulmones y el corazón, pero tenía tratamiento solo que era muy caro.
— ¿Cuál es el tratamiento doctor? — dijo Jane.
—Hay dos tipos de tratamiento. —
— El primero es con medicamentos especiales, este se les da a personas joven, que sus órganos están menos usados; el segundo es un trasplante de corazón y pulmón. —
— ¡No puede ser! ...— — ¡Moriré pronto! — dijo María.
—Saldremos de esto contestó Jane, — con lágrimas en los ojos.
—Yo soy muy vieja, y aunque tuviéramos dinero, quién sería el donante para esta anciana—
—Te formulare un medicamento, para reducir un poco tus síntomas, mientras se da lo del donante. —
—Pondré tu nombre en una lista de espera, pero ya sabes, debes reunir el dinero y tenerlo listo. Yo te voy a ayudar para que te escojan a ti. -- Pero si no tienes el dinero no te hacen el trasplante. —
—Doctor, si no me hago eso cuanto podré vivir así.? —
—Poco, María. —
—Ah, ¡se me había olvidado decirte que debes tener un tanque de oxígeno en casa, porque vas a tener mucha dificultad para respirar; debes comprarlo y llevártelo.—
Y el médico terminó la conversación diciéndole a las mujeres:
—Tenemos un mes para que aparezca un donante. —
Las dos mujeres regresaron a casa muy preocupadas, tristes y temblorosa, con el paso de los días la salud de María se deterioraba más y más. Tenía que usar el oxígeno, sobre todo en las noches, que era cuando su malestar aumentaba.
Jane no pudo volver al trabajo porque debía cuidar a su abuela, aún tenía la mitad de sus ahorros, pero no se atrevía a usarlos esperando que apareciera el donante.
María solo lloró en silencio…
Pasaron cuatro semanas, la anciana empezó a tener síntomas más graves, como dolores de cabeza bastante fuerte y un dolor de pecho, pero esta vez insoportable. Pero esta anciana tenía buena suerte… Y ese día, como todos los días al atardecer se deleitaba contemplando el horizonte; se perdía mirando como ese gran sol amarillo naranja se escondía, como las aves volaban a sus nidos, y disfrutaba de los muchos colores que ofrecía el atardecer;
y pensaba: —este será el último que veré.? —
Pero antes de que el sol se escondiera, la anciana vio por la ventana caer millones de billetes sin ninguna explicación; eran verdes y volaban por todos lados y llenaban el camino café que recorría el pueblo en un verde vivo parecían hojas frescas de árboles. Eran tantos y tantos que contarlos sería imposible, eran suficiente para que si se repartieran en la misma cantidad a todos los habitantes del pueblo les sobraría miles de dólares.
La anciana olvido el oxígeno y todos sus males, y junto a su nieta Jane avisaron a sus vecinos: Con las demás personas del pueblo salieron de sus casas y recogieron todos los billetes que quisieron.
—¡Soy rica me salvaré de mi enfermedad! — Exclamó María.
Se cree que lo del dinero cayendo del cielo fue obra de Dios; Meses más tarde, todos se enteraron; que en la ciudad hubo un robo de una cifra exagerada de dinero y en el escape en helicóptero, los ladrones pasaron por el pueblo y afortunadamente para María, a los maleantes se les cayó el botín.
El vecino extraño de la anciana se dio cuenta de esto y a pesar que a él fue de las primeras personas que ellas le avisaron y recogió suficiente para él. se le ocurrió una idea para obtener mucho más dinero, porque él era muy ambicioso.
Muy tarde en la noche, y aprovechando que ya todos dormían, el vecino fue a robarle a su vecina la anciana, ya que como ella empezó a recoger dinero primero, ella tenía más; entró a la casa con mucho cuidado, y se llevó cada uno de los billetes, pero no se llevó el dinero de la nieta de su vecina, porque Jane, le recordaba a su hija que había muerto hace muchos años, por la cual vivía lleno de amargura y se había refugiado en ese pueblo.
Cuando la anciana despertó casi le da un infarto al darse cuenta de que su dinero para comprar el tratamiento contra la enfermedad no estaba.
Con el corazón partido empezó a llorar...
—¿Dónde está mi suerte?,— gritó angustiada.
Tanto que le faltó el aire y se acortó su respiración, sus fuerzas la abandonaron y se desmayó. Al despertarse, estaba acostada en su cama con el oxígeno en su nariz y llorando.
—No llores ita, eso te hará daño— dijo su nieta.
—No te preocupes, te daré mi parte del dinero que recogimos y lo que queda de mis ahorros. —
Ella los había hecho durante mucho tiempo para irse a la ciudad a estudiar. Pero ni juntado todo alcanzaba para el tratamiento, Juntas lloraron mucho y sus vecinos y amigos notaron su dolor.
Así que decidieron hacer una colecta entre todos los del pueblo, iniciando por la del hombre recién llegado, ya que era la primera casa que se encontraba a la entrada del lugar. cuando el vecino se dio cuenta de esto se vio lo egoísta que era, y se compadeció de la anciana, fue hasta su casa y le devolvió el dinero, pidió
perdón a las dos mujeres y a sus vecinos que estaban en su casa, ese día María, Jane y sus vecinos, conocieron el nombre de este hombre, era John. No pasaron muchos días, cuando recibieron noticias del doctor sobre el donador.
Al día siguiente de recibir noticias, John y las dos mujeres, viajaron a la capital para iniciar el tratamiento, y gracias al dinero recolectado y el que le devolvió John, a María le pudieron hacer sus trasplantes, y comprar, todo el tratamiento que se necesitaba para que recuperara su salud por completo.
Cuando John acompañó a estas mujeres e hizo lo bueno por ellas, recordó lo que era tener una familia. En forma de agradecimiento María le dio a John el dinero que sobró del tratamiento; de ahí en adelante el vecino estuvo muy pendiente de la abuela y la nieta, John dejó de ser antisocial. La nieta de la anciana se fue a estudiar a la ciudad como siempre había soñado, y la anciana se quedó en su casa disfrutando de su vida. Y en compañía de su vecino John que no la dejó sola nunca más.
—Tengo mucha suerte, es como si hubiera nacido de nuevo.— Decía.
Y es que su suerte era mucha, porque a su edad sobrevivir a esa enfermedad y al trasplante, encontrar al donador y tener el dinero para pagar la cirugía, es un asunto de suerte.
FIN.
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