ALBERTO “EL GRANDULÓN” - XIMENA BENAVIDES 6°A

ALBERTO “EL GRANDULÓN” por XIMENA BENAVIDES 6°A

Alfonso López, es uno de los barrios más antiguos de Montería y muy reconocido porque queda en la parte baja de un cerro o colina. Este tiene una vista estupenda la cual hace parte de la distracción y esparcimiento para los habitantes de este barrio, ya que recorrerlo y llegar a la cima es fascinante debido a el panorama que se ve desde allá arriba. Alfonso López también se caracteriza por la música que se escucha a muy alto volumen en algunas casas, y por las personas que se ven jugando dominó y cartas en las terrazas. En fin, es un barrio de clase baja muy alegre. Allí vivo yo con mis padres y mi abuelo.

  Cierto día estaba mi abuelo jugando cartas con sus amigos del barrio, me quedé observándolo y me impresionaba lo ágil que era para este juego. esto me llenó de nostalgia y me hizo recordar cuando tenía diez años. Subía el cerro en compañía de mi abuelo, era nuestro pasatiempo todos los domingos por la tarde; observábamos la ciudad mientras mi abuelo me contaba sus historias fascinantes de cuando era militar y siempre tenía algo diferente que contar; yo creo que algunas veces se las inventaba, pero me hacía feliz.

Compartía mucho con él ya que no tenía casi amigos, porque los de mi edad eran muy pequeños a comparación con mi estatura y los que eran de mi tamaño, tenían otros gustos y formas de pensar, por eso mi abuelo decía que no estaba bien su compañía para mi corta edad. Igual me gustaba pasar tiempo con mi abuelo y él se esforzaba para acompañarme, a pesar del dolor de su rodilla causado por la diabetes que padecía; era mi protector, no permitía que nadie se burlara de mí, por mi notable estatura.

 Un día el dolor de su rodilla, no lo dejó hacer nuestra rutina dominical, mis padres lo llevaron donde su médico y este le prohibió caminatas donde tuviera que escalar. Esta noticia fue muy triste, y mi abuelo en el afán de buscar un plan de hacerme el domingo feliz, se le ocurrió enseñarme a jugar cartas, pero esto no me gustó, yo quería divisar ese paisaje hermoso que se veía desde la punta del cerro.

Me dio alegría porque unos niños vecinos me invitaron a subir, para mirar la ciudad de Montería, mis padres me dieron permiso en contra de la voluntad de mi abuelo, porque los niños eran mayores, y ya saben lo que pensaba mi abuelo de ellos. Pero por mi crecimiento prematuro, quizás me veía más maduro. Lo cierto es que nos fuimos y estaba dichoso, pero este estado no duró mucho porque cuando me vieron sin mi protector, comenzaron a decirme Alberto “el Grandulón”; me sentía mal ya que me lo decían en tono de burla.

A partir de ese día, dure tres años que no salía de mi casa a jugar y les exigí a mis padres que me cambiaran de colegio para uno que quedara en otro barrio, con el objetivo de evitar que los chicos de Alfonso López me hicieran Bullying. Mi tiempo transcurría de la casa al colegio, me transportaba en buseta.

Hace un año, conocí a Pablo, un niño que vivía en la calle, mantenía por los alrededores de mi colegio o en las bancas del paradero de buses. Me llamaba la atención porque nunca lo había visto consumiendo sustancias alucinógenas. Esto me dio confianza para acercarme y darle algo de comer que le compré con el dinero de mi merienda. Y así pasaron varios días.

Una vez tuve una hora libre en el colegio y salí más temprano, y me encontré a Pablo sentado en las bancas donde se espera el transporte. No sé qué pasó, pero mi ruta de bus estaba demorada y aproveché el tiempo para hablar con él.

- Hola, ¿Cómo estás?

-Bien -me respondió- ¿te volaste del colegio?

-No, solo salí más temprano, porque el profesor con quién nos tocaba la última hora, está incapacitado.

¿Y tú? Estás esperando el bus para ir algún lugar.

-No, como me ves, siempre vivo en la calle, no tengo a donde ir.

-Y ¿tus padres?

-A mi papá nunca lo conocí, mi mamá es una mujer luchadora, me quiere mucho y siempre me decía que iba hacer lo que fuera para sacarme adelante y por falta de empleo aceptó una propuesta muy arriesgada a cambio de dinero.

--¿Qué hizo o qué? - le pregunté curioso.

-Llevar droga a un interno de la cárcel “LAS MERCEDES”, la pillaron y le dieron cinco años de cárcel.

 -Lo siento mucho, ¿no tienes algún familiar en esta ciudad?

 -Sí, una tía, pero ella y su esposo, me maltrataban y no me volvieron a llevar a la escuela; por esa razón me escapé de la casa.

 - Siento mucho que tengas que pasar por esto.

Mientras Pablo me contaba, sus ojos se encharcaron de lágrimas. Pero no pude consolarlo porque justo en ese momento venía el bus que pasaba por mi casa.

Cuando llegué a mi casa, le conté a mi abuelo mi diálogo con Pablo sin omitir ningún detalle; quedó tan impresionado que me daba dinero extra para que le diera de comer.

Una semana después, venía caminando como de costumbre al paradero y observé a un joven también de la calle. Era conocido en el sector como “el Joyita”, lo llamaban así por lo delincuente que era. Le arrebató a Pablo su porta comida y se fue tranquilamente mientras se la comía. De Inmediato me acerqué a Pablo y le pregunté que si tenía problemas con ese muchacho y me contó que había un señor muy generoso que todos los días le llevaba almuerzo, pero “Joyita” siempre se lo quitaba. Y no solo eso, también, le quitaba lo que se ganaba en la venta de reciclaje. Me dio mucho dolor ver a Pablo así y desde ese día le prometí que lo ayudaría.

Al día siguiente, me escondí detrás de un arbusto cerca de donde estaba Pablo y observaba donde se encontraba el “Joyita”, el cual esperaba que el buen samaritano le trajera la comida para caerle como ave de rapiña al pobre niño que lo único que tenía era a su madre detrás de las rejas. Cuando “joyita” intentaba hacer su cometido, saqué valentía y aprovechando mi estatura, lo agarré del cuello y le dije:

- Pablo no está solo, la próxima vez te irá peor y llamaré a la policía- tanto fue su susto que salió corriendo y hasta sus viejas chanclas dejó.

Me fui para mi casa y le comenté lo sucedido a mi abuelo, como él era un hombre tan bondadoso, me dijo que haría todo lo posible para ayudar a Pablo. Lo primero fue ir a infancia y adolescencia, estos recogieron a Pablo de la calle, encargándose del proceso en el bienestar familiar para que tuviera un hogar; mientras su madre salía de la cárcel.

Le propuse a mi abuelo llevarlo a la casa, pero dijo que no porque los niños como Pablo, necesitan ayuda profesional para superar sus traumas psicológicos y qué mejor que el bienestar para brindarles ayuda; pedimos estar pendiente de Pablo lo cual aceptaron.  Cada mes voy con mi abuelo a visitarlo y espero que siempre podamos ser amigos.

Desde ahí entendí que no debía sentirme mal cuando en el barrio me decían “Alberto el Grandulón”, porque esta cualidad o discapacidad me había servido para ayudarle a alguien. Ahora me hace feliz que me digan” Alberto el grandulón”.

 AUTOR: Ximena Benavides Rojas


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